Historia y Marcas

Historia industrial · Ibi, Alicante

El valle del juguete:
por qué Ibi se convirtió
en capital mundial del juguete

De una familia de hojalateros sin ningún plan maestro a más de 70 fábricas, 5.000 trabajadores y la infancia entera de un país fabricada en un pueblo del interior de Alicante

Historia industrial · Ibi 1893 – Presente Retrojoal.com

En 1900, Ibi era un pueblo de poco más de 3.600 habitantes en el interior de la provincia de Alicante. Sus vecinos vivían de la agricultura, pero la tierra era árida, las precipitaciones escasas y las cosechas inciertas. Nadie habría apostado un duro por que ese rincón de montaña se convertiría, en menos de setenta años, en el epicentro mundial de la fabricación de juguetes. Y sin embargo ocurrió. No por decreto, no por ventaja geográfica, no por capital extranjero. Ocurrió porque un hojalatero tuvo la ocurrencia de hacer en pequeño lo que hacía en grande, y porque sus vecinos, uno tras otro, entendieron que esa era su oportunidad.

El primer juguete: una tartana y un hojalatero con buenas ideas

Todo empieza, como casi todas las grandes historias industriales, por accidente. La familia Payá llevaba años fabricando y vendiendo por los mercados de la comarca artículos de hojalata para uso doméstico: platos, tazas, candiles, regaderas, lecheras. En algún momento, hacia 1893, Rafael Payá Picó tuvo la idea de reproducir esos mismos utensilios en miniatura para el público infantil. Las pequeñas tartanas —carritos tirados por burros— que comenzaron a vender fueron el primer juguete fabricado en Ibi.

La acogida fue tan buena que el negocio juguetera fue desplazando poco a poco a la hojalatería tradicional. En febrero de 1905, Rafael Payá traspasó formalmente su taller a sus tres hijos —Pascual, Emilio y Vicente— y nació la sociedad que se llamaría Payá Hermanos. Ese año es el que el Ayuntamiento de Ibi ha institucionalizado como el arranque simbólico de la industria juguetera ibense. En 1909, los hermanos Payá presentaron su muestrario en la primera Exposición Regional Valenciana y regresaron con una medalla de oro y un diploma meritorio. En 1915, Payá Hermanos era ya la fábrica de juguetes más importante de España.

En 1900, Ibi tenía 3.600 habitantes y vivía de la agricultura. En los años setenta superaba los 20.000 y el 80% de su actividad económica giraba en torno al juguete. El motor de esa transformación fue una sola idea: hacer en pequeño lo que ya se hacía en grande.

El efecto contagio: cuando una fábrica genera docenas de fábricas

Lo que convierte la historia de Ibi en algo genuinamente extraordinario no es el éxito de Payá Hermanos, sino lo que ese éxito generó a su alrededor. Los trabajadores que aprendieron el oficio en las naves de Payá no tardaron en aplicarlo por cuenta propia. En 1910, cuatro ex empleados fundaron Verdú y Cía, que con el tiempo se convertiría en Rico S.A., el gran rival de Payá. En 1925 llegó González y Cía. En 1934, Claudio Reig Company. En 1940, Alfredo Martínez Guillem y La Mecánica Ibense. En 1942, Manuel Picó Gisbert.

Este patrón —trabajadores formados en una gran empresa que se independizan y fundan la siguiente— es exactamente el mismo mecanismo que explica la formación de clústeres industriales en todo el mundo, desde los fabricantes de semiconductores en Silicon Valley hasta los artesanos de cuero en la Italia del norte. En Ibi sucedió de forma espontánea, sin planificación, impulsado simplemente por el oficio compartido y la voluntad de prosperar.

Las grandes empresas del ecosistema de Ibi
  • Paya Hermanos (1905)
  • Rico S.A. (1910)
  • González y Cía (1925)
  • Claudio Reig Company (1934)
  • La Mecánica Ibense (1940)
  • Manuel Picó Gisbert (1942)
  • JOAL S.A. (1949)
  • Juguetes Feber (1956)
  • FAMOSA / Onil (1957)
  • Industrias Gozán (años 60)

La guerra, el armamento y el millón de piezas en el almacén

El primer gran golpe llegó en 1936. Con el estallido de la Guerra Civil, las fábricas de juguetes de Ibi fueron incautadas por la causa republicana y reconvertidas en instalaciones de armamento. Payá Hermanos y Rico S.A. pasaron a denominarse oficialmente Payá y Rico Socializadas U.G.T y más tarde fueron militarizadas como la Fábrica 27ª de la Subsecretaría de Armamento. En sus cadenas de montaje, donde antes se formaban coches en miniatura y locomotoras de hojalata, empezaron a producirse balas, cápsulas y material para el frente.

El detalle que mejor ilustra la magnitud del parón es este: cuando estalló la guerra, en los almacenes de Payá quedaron sin vender un millón de piezas de juguetes. También la escasez de moneda pequeña obligó a las propias fábricas a acuñar moneda local —se fabricaron 31.000 piezas— que circularon en Ibi durante la contienda y perdieron su valor al terminar.

Terminada la guerra, la industria resurgió con una energía sorprendente. La posguerra española, con sus restricciones y su autarquía, resultó paradójicamente favorable para los fabricantes locales: la competencia extranjera estaba bloqueada y el mercado interno, hambriento de normalidad, empezaba a demandar juguetes con una intensidad nueva.

Los años dorados: de 17 fábricas a más de 70

La transformación verdaderamente espectacular de Ibi ocurrió entre 1955 y 1975. La llegada del plástico de inyección a la industria juguetera —Payá fue pionera al adquirir la primera máquina de inyectado de plástico adaptada al juguete en 1948— abrió posibilidades que la hojalata nunca había permitido: formas más complejas, colores más vivos, costes de producción más bajos y, sobre todo, velocidades de fabricación impensables con los viejos métodos artesanales.

Al inicio de los años cincuenta, Ibi contaba con unas diecisiete fábricas jugueteras. Para principios de los setenta, ese número se había más que triplicado contando las empresas auxiliares. El pueblo acogía alrededor de cinco mil trabajadores empleados en la industria del juguete, y la población había crecido de los 4.000 habitantes de principios de siglo a más de 20.000. Llegaban inmigrantes de toda España —especialmente de Andalucía y Castilla-La Mancha— atraídos por un mercado laboral que durante esos años funcionó a pleno rendimiento.

  • ~1893 Rafael Payá Picó comienza a vender en mercados comarcales tartanas y utensilios en miniatura de hojalata.
  • 1905 Nacimiento formal de Payá Hermanos. Primer año institucional de la industria juguetera de Ibi.
  • 1910 Ex trabajadores de Payá fundan Verdú y Cía, futura Rico S.A. Arrancan las segundas generaciones de fábricas.
  • 1915 Payá Hermanos es ya la fábrica de juguetes más importante de España.
  • 1936–1939 Guerra Civil. Las fábricas producen armamento. Un millón de piezas de Payá quedan sin vender en el almacén.
  • 1948 Payá adquiere la primera máquina de inyección de plástico para juguetes. Comienza la era del plástico en Ibi.
  • Años 50–70 Época dorada. Más de 70 fábricas, 5.000 trabajadores, el 80% de la economía local dependiente del juguete.
  • 1984 Cierre de Payá y Rico. La competencia asiática y la crisis energética acaban con la primera generación de grandes jugueteras.

El Valle del Juguete: Ibi, Onil, Castalla, Tibi y Biar

El fenómeno no se quedó dentro de los límites del municipio. Al calor del éxito de Ibi, las localidades vecinas desarrollaron sus propias especializaciones industriales dentro del sector. Onil se convirtió en la capital española de la muñeca, con empresas como FAMOSA —responsable de Nancy, Barriguitas y Nenuco— que llegaron a exportar a toda Europa. Castalla y Tibi aportaron industria auxiliar: matricería, moldes, componentes plásticos, embalaje. El conjunto de estas localidades, situadas en un radio de pocos kilómetros en el interior alicantino, es lo que hoy se conoce como el Valle del Juguete.

Esta denominación no es solo geográfica. Es la expresión de un modelo de desarrollo industrial basado en la proximidad, la especialización y la transmisión del conocimiento entre generaciones y entre empresas. Un modelo que, con sus virtudes y sus limitaciones, convirtió a un conjunto de pequeños municipios mediterráneos en el epicentro de la producción juguetera española durante casi un siglo.

En su época dorada, el Valle del Juguete producía más del 70% del juguete fabricado en España. Los Reyes Magos no solo venían a Ibi a traer los regalos: venían a por los juguetes que luego repartirían por todo el país, e incluso por Europa.

La crisis, China y la reconversión

El final del ciclo llegó antes de que nadie lo viera venir. La crisis del petróleo de finales de los años setenta encareció las materias primas y apretó los márgenes. Las grandes superficies comerciales empezaron a imponer condiciones que los fabricantes locales no siempre podían asumir. Y China comenzaba a despertar como potencia manufacturera, ofreciendo productos similares a precios que ninguna fábrica española podía igualar manteniendo los niveles salariales y los estándares de calidad propios.

En 1984, el año negro del juguete ibense, cerraron tanto Payá Hermanos como Rico S.A. Habían fabricado los sueños de varias generaciones de niños españoles. Su desaparición fue el símbolo del fin de una época. Ibi, que había pasado de 3.000 a más de 20.000 habitantes en apenas setenta años impulsada por el juguete, se encontró de golpe ante la necesidad de reinventarse.

La reinvención llegó por dos caminos. Primero, muchas de las empresas auxiliares que habían nacido para servir a la industria juguetera —talleres de inyección de plástico, matriceros, fabricantes de embalajes— diversificaron hacia otros sectores: componentes para el automóvil, el mueble, la construcción, la alimentación. La misma maquinaria que hacía el mecanismo de una muñeca empezó a fabricar envases para medicamentos; los tubos que eran la estructura de un coche de juguete pasaron a ser tubos de escape. Segundo, el juguete no desapareció: se especializó, se tecnificó y aprendió a competir en nichos donde el precio ya no era el único argumento.

El legado: un museo, un valle y una identidad

Hoy, el Museo Valenciano del Juguete ocupa las instalaciones de la antigua fábrica Payá Hermanos y alberga más de 400 piezas que recorren la historia de la industria desde sus inicios en hojalata hasta los primeros videojuegos. En 2024 recibió 20.000 visitas, con especial afluencia en las fechas navideñas. No es solo un museo: es el documento vivo de cómo un pueblo decidió, generación tras generación, apostar por fabricar ilusiones.

Según datos del AIJU (Instituto Tecnológico del Juguete, con sede en Ibi), el 60% del empleo de la población sigue vinculado a la industria, frente al 12% de media provincial. El juguete ya no domina en exclusiva, pero sigue presente. Y la tradición —esa cadena ininterrumpida que une al hojalatero que hizo la primera tartana con el ingeniero que hoy diseña un juguete educativo conectado— sigue siendo el activo más singular de un territorio que aprendió, hace más de cien años, que el verdadero negocio estaba en hacer en pequeño lo que la vida hacía en grande.